Saliendo del sol artificial del quirófano, tras terminar la cirugía, escuchando a los Piano Boys interpretar Over the Rainbow, retirándome los guantes y preparándome para hablar con la familia del paciente que ansiosa por buenas noticias se encontraba en la salita de espera, me preguntaba, ¿Como llegué a este momento de mi vida? ¿Como fue que tantas cosas confluyeran en el mundo que vivo, para llevarme al punto de encontrarme en una rutinaria operación que involucraba la vida de una persona, y que esta estuviera en mis manos? ¿Como terminé siendo cirujano?
Me sentí abrumado por una serie de sentimientos, dichoso por sentirme útil, hábil, inteligente y comprometido a mi causa, para aliviar el dolor de las personas y buscar la mejor resolución para sus padecimientos. Pero por otro lado existía el creciente sentimiento de miedo, miedo a la responsabilidad atosigante de ser yo el ahora responsable de la recuperación de mi paciente, de tener que lidiar con la probable situación de una complicación, de algo inevitable, de lo finalmente… Natural.
Y es que como lo ha dicho mi querido amigo y colega, el Dr. Flores, el médico constituye un fenómeno aberrante de la naturaleza. Concuerdo en este concepto, ya que una cosa es pensar que el instinto de autoconservación de las especies los lleva a purgarse con plantas o buscar métodos individuales de sanación, pero otra circunstancia muy diferente es la que existe con el ser humano. En la naturaleza, cuando una enfermedad aparece, el hecho ineludible, es la consiguiente muerte del receptor de la misma, con poco o nulo efecto de la autoconservación, en cambio, el ser humano ha creado una vasta ciencia encargada a prevenir todos los desordenes que ocurren naturalmente tras una acción realizada sobre el cuerpo de una persona, o simplemente como resultado del inevitable envejecimiento y muerte celular.
Entonces, qué pensaba? De donde llegó esta idea de ser médico y posteriormente cirujano? Qué me llevó al momento en el que me encontraba? Para algunos colegas que lean este apartado, las respuestas tendrán tintes muy diversos, para mi, la simple idea de aliviar un dolor con mis manos, resultaba ser suficiente explicación.
Estoy absolutamente seguro, que el cirujano no sabe a lo que se mete, hasta que se encuentra ejerciendo. El constante flujo de adrenalina, la apasionante tarea de abarcar el conocimiento para auto evaluarse y superarse cada día, la eterna alegría y satisfacción al momento de ver a su paciente recuperado, sonriente, vivo. Esas son las cosas bonitas y agradables que conlleva la vida del cirujano, pero existe un lado oscuro, un lado que muchas veces no lo hablamos, que nos lleva a sufrir, a llorar, a sentirnos impotentes frente a la enfermedad, que lucha constantemente por dejarnos caer, esta es la dualidad del cirujano.
No cabe la menor duda que cien o mil cosas malas de nuestra profesión, no pueden contra una de las cosas buenas que existen en ella, el asunto viene a ser sencillo, no hay nada más satisfactorio en el mundo para un cirujano, que una cirugía y recuperación exitosa.
Pero hablemos de esas cosas malas. El Cirujano tiene miedo, miedo a fallar, a ser demandado, a ser tachado como un mal profesional por un caso que no salió como debía, o que no fue remediable frente al hecho de una posible muerte de su paciente. Siempre escuchamos en los pasillos del Hospital, si el Cirujano no tiene complicaciones, es simplemente porque no opera. Es algo tan cierto como abrumador, los médicos somos participantes activos del destino de las personas, ellas nos confían sus vidas y las de sus familiares en nuestras manos, y nosotros, en nuestra condición humana, simplemente tratamos de hacer lo mejor posible.
También el Cirujano es solitario, no hablando en el aspecto social, sino que finalmente, por más equipo que tenga, la decisión del porvenir del paciente, será absoluta responsabilidad de él y ese, definitivamente es un lugar solitario.
El Cirujano está cansado, cansado pero siempre dispuesto, siempre deseoso de realizar ese procedimiento y tener un buen resultado, porque el Cirujano es adicto, adicto a la adrenalina que le produce operar, manipular el tejido de una persona que se encuentra viva, que tiene sentimientos, anhelos, ilusiones, familia.
El Cirujano tiene temor por su bienestar, por el de su familia, de su entorno. Quiere buenos resultados para ser reconocido como una persona capaz de resolver las patologías para las cuales se ha formado, para poder seguirlas haciendo con eficiencia, para ser recomendado, identificado como bueno. Quiere evitar las demandas, los conflictos, la mala reputación.
El Cirujano se debe al paciente. Quiere mejorar cada día, quiere tener el recurso suficiente para hacerlo y quiere tener la capacidad para conseguirlo. El cirujano también es adicto al estudio, a la lectura, al conocimiento. De igual forma es consciente de su obligación de transmitir conocimientos, de formar gente y procurar hacerla mejores que él, porque el Cirujano piensa, si yo me enfermo, quién me va a curar?
La dualidad del cirujano, del médico, radica en el privilegio que le otorga la sociedad de manipular la impresionante maquinaría humana, la sublime tarea de llevar lejos de la enfermedad a su paciente y de ser reconocido por ello, la cual va en contraste con el escondido terror que implica la misma circunstancia, la posibilidad de causar un daño, que por supuesto será inintencional, pero no siempre visto así por el paciente, sus allegados y la sociedad.
La mayor parte de las noches, los cirujanos y los médicos van a su hogar a descansar, absolutamente extasiados y agradecidos del honor de ser parte de la vida de sus pacientes. Y por sobre todo, de haber tenido la dicha y la oportunidad de hacer una diferencia en el destino de las personas. Pero cuando algo sale mal, la agonía parece eterna, el insomnio, el estrés, el dolor, la impotencia muchas veces, la ansiedad y todas las respuestas fisiológicas que estas provocan, atormenta enormemente el bienestar de los cirujanos. Hace algunos años, el ser Cirujano era considerado un factor de riesgo para suicidios acorde a la CDC, actualmente, los trabajadores de la salud ocupan el puesto 12. (fuente CDC, Julio 2016).
El papeleo y la retórica legal que involucra el acto médico y quirúrgico, también se encuentran dentro de las preocupaciones del médico. La necesidad de llenar todo correctamente, el cubrirse las espaldas, el informar de la mejor forma posible, llevan a la satisfactoria tarea de curar enfermedades, al límite de la tolerancia.
Finalmente, el cirujano se casa con su profesión, con sus pacientes, a quienes se debe a cualquier hora del día, de la noche, con los que debe convivir, con los que debe experimentar en la mayor parte de los casos alegrías y a quienes debe confortar y consolar cuando el hecho inevitable de la muerte se acerque. Los cuales se presentan desnudos ante él, física y mentalmente, y que logra desarrollar en pocos minutos de una consulta médica, un estrecho lazo de confianza y seguridad. El cirujano tiene dificultad para llevar una vida normal, no es imposible, pero es altamente desafiante lograr equilibrar su vida profesional con su vida personal y por supuesto, esto conlleva también a altas tasas de divorcios y soledad.
Entonces leyendo esto, uno se pregunta, porque me quise hacer Cirujano? Bueno, lo único que puedo discernir de esto, es que es aquella Dualidad de la vida del Cirujano, lo que la hace tan apasionante, tan divertida, tan alegre, tan triste, tan trágica, tan científica, tan sublime y tan vivaz. El Cirujano elige esa vida porque simplemente, lo hace sentir más vivo.


